Un tiempo llegará -y ya ha comenzado- en que el viajero,
de vuelta de tantas rutas impresionantes,
recalará en Soria como recalan las aguas altas en los remansos.
La historia reciente del país le ha conferido a un
escaso puñado de 100.000 habitantes el encargo
de habitar un espacio de 10.000 kilómetros cuadrados
en el que se sedimenta la obra permanente de la naturaleza
y del hombre en el escenario peninsular.
 
Empeño estéril.
 
Como consecuencia, la fuerza de la Naturaleza
avanza imperturbada ganándole terreno
a la mano del hombre en la obra
de hacer de las Tierras de Soria un espacio de vida.
Todo, la huella de la historia, el poso de la cultura,
el fluir del laboreo cotidiano, el paisaje, los pueblos recoletos,
la cadencia misma de la existencia del hombre,
todo, en las Tierras de Soria
lo ritman la Naturaleza y el ciclo de las estaciones del tiempo.
 
Es la oferta más singular y propia
-sépalo el viajero-
de una provincia que,
además,
cobija jalones históricos universales,
realizaciones del arte únicas,
muestras irrepetidas de la tradición
y hasta espacios insospechados
donde comer y holgar.
 
Hay también una capital
y unos pocos reductos urbanos,
cuyo encanto mayor
es esa sabiduría antigua
de no pretender importancias.
 
Y hay la Soria que han creado los poetas.
 
Sépalo el viajero:
de su visita a las Tierras de Soria
no hablará,al regreso,
en el tono en que se cuentan
los hallazgos espectaculares
sino en ese, entrañable,
con el que se le dicen
las cosas más propias
a los amigos.

Avelino Hernández.
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