VI(R)AJES

 

Cristina Pérez Andrés.

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Habíamos dejado un clima cálido a la partida, el mismo que encontramos en Roma, donde incluso pasamos calor. Comenzábamos el viaje con incógnitas que no sólo se referían a los lugares que íbamos a conocer, también las había sobre nosotros, pero no nos estorbaban. Al cabo de seis días habían sido respondidas con la misma calidez que había en el ambiente, tanta que casi no parecieron respuestas, no tuvieron forma de un nuevo conocimiento, aquel tiempo nos sirvió para comprobar lo que ya sabíamos sobre el bienestar que nos proporcionábamos mutuamente, ya casi sin exigencias, con lealtad de cada uno hacia el otro, dando forma a un amor que cada día existía.

Durante la mañana del día siguiente, un domingo soleado, frío cuando fue temprano, caluroso con el ascenso del sol, caminando sobre las piedras que habían sido pisadas por otras personas más de veinte siglos antes, no se podían evitar las reflexiones sobre el tiempo que nos envuelve a todos y a todo, borrando nuestras diferencias cuando ya habíamos sido capaces de reconocerlas en los edificios construidos tanto tiempo atrás y que nos mostraban no sólo sus ladrillos, sino también las costumbres y las creencias de las personas y culturas que fueron sus ocupantes.

La imagen de las distintas épocas de tiempo, cuyas diferencias se borran en el total de una suma, día más día, me sugirió la del borramiento de la forma del agua del mar después de haber sido ola, para confundirse primero con la línea de la arena que la recibe cuando, por un instante, ambas adoptan la misma inclinación, y luego con la materia de la que se había diferenciado y a la que vuelve para, quizás, recuperar su forma. El mar, eterno símbolo del retorno.

Esta segunda imagen me trasladó a la que había tenido la noche anterior durante mi encuentro amoroso con él, cuando unas palabras suyas me sugirieron el borramiento de mi propia anatomía para adquirir la forma deseada, buscada para el beso más cercano. La palabra borramiento procedía de la utilizada en condiciones también animales para describir el que permite la salida al exterior del niño que está naciendo. Otro retorno de la repetición diferencia, ser que sale de otro ser que, a su vez, algún día, quizás, permitirá la salida de otro cuerpo más. Como las muñecas rusas somos capaces de contener lo que un día nos contuvo. Del día sale la noche de la que saldrá el día...

El amor realizado aquella noche por nosotros me permitió relacionar imágenes que, significando lo mismo eran, sin embargo, tan diferentes.

Al comentárselo a él durante nuestro paseo sobre la calzada romana comprobé que sus reflexiones iban por el mismo sendero, el de la espiral de la línea de tiempo que nos hace progresar ascendiendo en el retorno, causa de la diferencia con cualquier repetición. Era inevitable que el pensamiento se desviara por semejantes caminos cuando se es igual de consciente que de inconsciente de un argumento en el mismo instante.

El tema de reflexión anterior se repitió los días posteriores en Taormina, Agrigento, Siracusa. Vivimos, existimos, sobre lo construido por nuestros antecesores, nos apoyamos en ello para seguir construyendo, para seguir sumando. Pero únicamente coincide nuestra conciencia de tiempo con su ser inconsciente cuando volvemos a disfrutar con nuestros sentidos de lo que ya gozaron, en los mismos lugares, aquellos que también se sujetaban en sus antepasados, de los que nos diferencian dos mil años, por ejemplo.

Regresamos a Madrid después de un día en el que viajamos en todos los medios de transporte posibles, incluido el inevitable de la vida hacia el conocido final. En unos pocos días el clima había cambiado y encontré la casa fría, lo que noté sobre todo a la mañana siguiente, cuando abandoné el calor acumulado en las ropas de la cama, las cuales sustituí por otras con forma de cuerpo humano.

Al deshacer la maleta encontré que mi ropa olía como los cajones del mueble de Taormina en los que había estado guardada. Ahora me sugería el olor de su boca en los besos, las sensaciones se confundían en los recuerdos, en los tiempos, en las reflexiones, en el amor a las cosas que había vivido con él con el amor que por él mismo sentía; esto me llevaba a concluir que los afectos por las personas están hechos tanto de las experiencias materiales como de las espirituales y que ninguna de ellas puede ser despreciada a la hora de inteligir cómo seguir amando y siendo amada por el hombre con el que he aprendido otra forma de hacerlo, otra manera de vivir el tiempo, sin borrar los límites, las individualidades ni de nosotros mismos ni de las personas y cosas que no pierden su lugar por nuestra experiencia juntos.

Sumaremos todos los tiempos necesarios, los amasaremos dándole la forma de una época concreta y también un nombre, para clasificarlos y distinguirlos de otras creadas en diferentes etapas. Pero nada de ello podrá separarse definitivamente de la sustancia que le dio origen, la misma que formará las civilizaciones que algún día elegirán la nuestra para estudiarla, para sentirse más presente que nosotros, porque ya habremos muerto. Conocerán nuestros edificios y nuestras costumbres, los clasificarán y nombrarán desde su nuevo punto de vista, el que ahora nosotros les estamos proporcionando. Y si lo hacen, conscientes o no de estar en una espiral, podrán enfrentarse a una página en blanco y repetir mi ejercicio, aunque con diferentes palabras, para que otras personas puedan leerlas en algún otro tiempo. Sólo hay que dejar que las experiencias calienten la mano, como si del mismo sol se tratara para, como hace el alfarero con el barro, trabajar el material que surge en el papel, mirándolo desde diferentes perspectivas, limándole con la pluma las palabras que le sobran o añadiendo las que por fin retratan la idea que descubre quien escribe, hasta obtener, en forma de texto, el nuevo conocimiento que luego será de todos.

 

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