SIN EVIDENCIAS DE TIEMPO

(1 parte)

 

Mariano C. Melero de la Torre

 

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"Sin evidencias de tiempo", se lamenta el poeta, "yo no estoy vivo" 1. Estas evidencias son el orden de las estaciones, el vaivén de las mareas, "el giro de las gaviotas", "el latir del tiempo vivo"... Desde la cárcel de la ciudad en la que trabaja (buscando siempre "nuevos caminos", nuevas formas de vida, "por los siglos de los siglos"), el poeta se siente como "un ángel con nostalgia de un granito de tiempo".

 "El tiempo aquí no tiene sentido".

En las ciudades modernas, donde cada uno de nosotros recorre sus pasillos, diariamente, -organizados bajo leyes bien atrincheradas, señales bien codificadas, órdenes ejecutivas, sentencias ejecutables, noticias, luz eléctrica y mucho, mucho ruido-, programamos la semana con la seguridad del que dirige el asunto, fijando para cada día los trabajos que nos llevamos a casa, confiados en la exactitud de un reloj incorporado al cuerpo, de unos calendarios colgados en la memoria, como el niño de la playa, con cubo y pala, tratando de llevar las aguas del mar a su pequeño agujero excavado en la arena.  

"Desde esta cárcel podría

tocarse el mar; mas el mar,

los montes recién nacidos,

los árboles que se apagan

entre acordes amarillos,

las playas que abren al alba

grandes abanicos,

son cosas externas, cosas

sin vigencia, antiguos mitos,

caminos que otros recorren.

Son tiempo

y aquí no tiene sentido."

 

Sin embargo, la muerte o dominación del tiempo está en el origen de la aspiración humana por vivir a cubierto de la arbitrariedad y el caos. La creación de la política, la instauración de la propiedad, la priorización de la justicia sobre todas las formas de virtud comunitaria, son el resultado de la destrucción sistemática de los efectos del tiempo. La ley ordena la vida de los hombres sobre el antiguo imperio exclusivo de la costumbre, estableciendo los derechos y deberes de cada persona en su relación con los demás de forma inalterable y justa, es decir, no arbitraria, no sujeta a los vaivenes de la fortuna. La justicia presupone la propiedad, el reparto de lo que antes era común, la asignación de lo que propiamente le pertenece a una persona y de lo que le es debido. La idea de la justicia surge con ese reparto original, representación de un orden deliberado y consciente de los hombres, libre de los avatares del mundo, sujeto a lo que es recto.

La muerte del tiempo, y el nacimiento subsiguiente del orden político, tienen su propia expresión en forma de mito. En efecto, los mitos griegos que elaboran el hecho fundacional de la conquista y dominación de la tierra helénica nos transmiten la narración del derrocamiento del tiempo por Zeus, el soberano de los dioses olímpicos 2. Kronos, en las religiones prehelénicas, representa una organización de la tierra conforme al ciclo de las estaciones. Su gobierno está basado en una concepción de la justicia como devolución, regular e ineludible, a lo indiferenciado. Para la justicia del tiempo, cualquier idea de extensión, frontera o linde son desconocidas por irrelevantes. Todo lo diferenciado procede de lo común indiferenciado donde habrá de indiferenciarse nuevamente.

El mito de la destrucción del tiempo tiene el siguiente esquema fundamental: tiranía (con los caracteres de crueldad y salvajismo propios de la antropofagia), destrucción del monarca (por emasculación), conquista de la tierra, lucha civil y, por último, como final necesario para un pensamiento que trata de legitimar una conquista, la paz civil mediante la reconciliación de las partes. Zeus, el dios de la paz política, se convierte desde entonces en el que administra la suerte de todos los seres, sean o no mortales, repartiendo a cada uno su parte, su lote, su moira. Esta nueva organización, montada sobre la destrucción del tiempo y en el reparto de su herencia, instaura el concepto de justicia más formal y más incontrovertible que podamos concebir: asegurar a cada uno lo suyo y castigar y reclamar la reparación cuando las partes son alteradas.

"La literatura que se desarrolla cuando la diké es aplicada a moira aparece con un vocabulario bien distinto a cuando se vincula más bien a los ciclos de las estaciones. La moira es la que exige el pago en reparación, cuando alguno de los lotes es alterado. En la propiedad no hay una mera devolución al común sino una reparación: "el castigo por su injusticia" dice Anaximandro cuando de la physis surgen los contrarios. Esto lo encontramos así en el vocabulario de los primeros filósofos, pero se encuentra igualmente en Homero y Píndaro. Hay muchos textos que remiten a una concepción de la justicia que presupone ya la propiedad: la superación del concepto de lo común que es, precisamente, lo que ha sido poseído, lo que ha sido objeto de la propiedad. Para los dioses alterar la moira es una adynaton, un imposible; para los hombres alterar la moira e una híbris, un pecado, una desmesura, cuyo resultado es la venganza: la némesis".3

De esta suerte, la justicia se hace virtud, o como dice Aristóteles, la virtud cabal, que "ni el atardecer ni la aurora son tan maravillosos" 4

 

Notas

1.- Jose Hierro, "Reportaje", poema del libro La quinta del 42, en Antología poética (1936-1998), Madrid, Austral, 1999.

2.- Quintín Racionero, La constitución del paradigma de la filosofía griega, Lecciones del curso 1989-90 en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

3.- Ibid., p. 12.

4.- Ética a Nicómaco, 1129b30, donde Aristóteles se hace eco de una tragedia perdida de Eurípides.

 

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