LA CONCEPCIÓN DE LAS POLÍTICAS DESARROLLISTAS

 

Álvaro Ortega Santos


Contenidos

Introducción

Aplicación de Ambas Teorías

Valoración de las Teorías

Bibliografía

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INTRODUCCIÓN

La naturaleza misma y razón de ser de la sociedad conlleva la interrelación de todos sus elementos; por ello todo cambio social implica una sucesión de nuevos cambios. Así, si el mero cambio ideológico acarreará otros, con mayor razón en el caso de este factor, ya que la ideología nace siempre con vocación de influir en la sociedad y en las gentes. Esto queda perfectamente recogido en su definición: un sistema de ideas y de juicios, explícito y generalmente organizado, destinado a describir, explicar, interpretar o justificar la situación de un grupo o de una colectividad, y que, inspirándose ampliamente en unos valores, propone una orientación precisa a la acción histórica de ese grupo o de esa colectividad [1]. Se trata, en definitiva, en un poderoso factor de cambio, pero que cobrará una mayor relevancia en el caso de las jóvenes naciones resultantes de la descolonización, en su pugna por salir del prolongado letargo de subdesarrollo.

En este caso, la noción del desarrollo del subdesarrollo -que está estrechamente ligada a la visión del mundo y es proclive a ser instrumentalizada según intereses propios- supondrá según la variación de su percepción por el etnocéntrico mundo occidental o por las elites locales occidentalizadas, la aplicación de unas u otras vitales políticas desarrollistas. Al fin y al cabo, son los hombres quienes forjan la historia de las sociedades. Y puesto que estos agentes de cambio (elites, grupos de presión, partidos, movimientos sociales, ... ) expresan y manipulan las ideas, definirán por tanto las pautas de la transición al capitalismo avanzado de las excolonias desde la década de los 50. Hay que precisar igualmente, que la ideología no es por sí misma un factor único de cambio, ya que éstas expresan las aspiraciones particulares, los temores o las ambiciones de una colectividad, las luchas de un grupo o de varios grupos concretos en un período histórico específico. Así, en lo que a la noción del desarrollo se refiere, la confluencia de intereses cristalizará en la predominancia de una u otra ideología, y muy diversas medidas políticas con las que acelerar la sucesión de etapas en la transición lineal de la sociedad tradicional a la sociedad capitalista moderna, tras la emancipación de las colonias.

Desde que dio comienzo el proceso de descolonización, la visión del desarrollo ha estado estrechamente ligado a la misma definición del cambio social. De ahí que sus autores más representativos, sean precisamente los canalizadores de las dos grandes concepciones tratadas en este trabajo. Los dos grandes referentes serán Marx y Weber, tanto en su formulación original, como, y muy especialmente, en la forma en que desde diferentes posiciones han sido habitualmente interpretados [2]. Con ellos se sustentarán dos visiones encontradas, que pugnarán por imponerse a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

Todo cambio se debería de emprender con miras a cambiar la infraestructura económica, ya que es el hombre real el verdadero protagonista de la historia. Lo que diferencia al hombre del animal no es únicamente su capacidad cognitiva, sino su capacidad para transformar la naturaleza. En este sentido, el cambio de estructura se debe de realizar desde la praxis, con el fin de conseguir el cambio ideológico y poder legitimar la nueva sociedad futura, es decir, dar supremacía a la sociedad sobre el estado e invertir la ideología dominante que sitúa al estado como centro de las relaciones sociales: las condiciones históricas y materiales son los que verdaderamente condicionan y preceden a los valores sociales y su continua modificación.

Así, el problema del subdesarrollo habría de entenderse como un resultado del atraso en el proceso de modernización, o lo que es igual, de la superación de las sociedades primitivas para pasar a las sociedades modernas/desarrolladas, sería por tanto necesario prescindir de los valores sociales reticentes a la modernización, adoptando aquellos que promuevan el desarrollo y abandonar o transformar las instituciones tradicionales, adoptando un marco jurídico político que facilite el surgimiento y consolidación de la meta.

Se trata en definitiva de una dicotomicidad de soluciones para un conjunto de países llamado "en vías de desarrollo", cuya trayectoria era múltiple y diversificadas, pero tienen el nexo común de que todos ellos se transformaban profundamente y a un ritmo rápido e incluso brutal.

 

APLICACIÓN DE AMBAS TEORÍAS

Una recapitulación sumaria de ambos mundos simbólicos sería, que según la interpretación más común de Marx, todos los procesos de cambio social están en gran medida condicionados por el desarrollo económico. Es decir, que son las condiciones históricas y materiales precisas, las que condicionan y anteceden a los valores sociales (superestructura) y su constante modificación. Los valores e instituciones sociales, sean religiosos, morales, jurídicos o políticos, condicionados por la actividad y los intercambios económicos, carecerían de existencia independiente. Y en lo que a Weber se refiere, la interpretación más extendida y convencional, sugiere la significativa relación entre la existencia de unos determinados valores sociales y el surgimiento de determinadas formas de desarrollo económico. En este caso, se establece una relación directa entre ciertos valores sociales imperantes en las sociedades occidentales y la racionalidad precisa para el surgimiento del desarrollo capitalista.

Estas interpretaciones, adaptadas a nuestro tiempo, e interpretadas en relación al ámbito del desarrollo del subdesarrollo, se constituyeron para diversos sectores, en el baluarte de sus principios:

A partir de los anos 50, en el contexto del mundo anglosajón, y posteriormente con fuerte consolidación internacional, surgió la primera gran corriente teórica del pensamiento del subdesarrollo: las teorías de la modernización.

Enfatizando los aspectos sociológicos, sobre los económicos e históricos, esta corriente ideológica sostendrá que el problema de subdesarrollo que conoce el llamado Tercer Mundo ha de entenderse como un problema consustancial a todas las sociedades, de atraso en el proceso de modernización, debiendo superar paulatinamente diversas etapas, de las sociedades primitivas a las modernas. Así, se afirmaba que la persistencia de valores socioculturales de carácter tradicional dificultaba de manera crucial ese proceso. En consecuencia se hacía necesario abandonar aquellos valores sociales reticentes y adoptar otros más racionalizadores.

A partir de esta interpretación convencional de Weber, se intenta acelerar el proceso a través de programas educativos y la difusión de información a través de los medios de comunicación de masas. Lo que en definitiva no era sino crear una aculturación y un tipo de sociedad referencial-ideal. Igualmente se crearon infraestructuras industriales y de transportes, y se favoreció el proceso de urbanización.

Otra característica de esta noción del desarrollo será la proliferación y creciente influencia en todos los aspectos sociales, de las sectas y confesiones de tipo protestante; en su mayoría provenientes de los Estados Unidos. A su vez, el Opus Dei (en América Latina), la variante católica de apostolado en la vida ordinaria y en el trabajo profesional en el sentido de la racionalidad protestante, gozará de una fuerte capacidad de congregación, reuniendo un gran número de prosélitos. Y es que no hay que olvidar la histórica importancia de los grupos religiosos en "tierra de misiones". Un último aspecto que Weber consideraba útil como instrumento para canalizar el cambio, es el surgimiento del líder carismático, y en este caso, se daría en forma de caudillismo y asonadas militares, que se sucedieron de manera generalizada como salvapatrias. Los cuales imponían unas pautas sociales determinadas, y por lo general orbitaban alrededor del ámbito de influencia estadounidense.

Además de la transformación de las instituciones tradicionales, se procuró el establecimiento de marcos jurídicos y políticos, que como los occidentales, facilitaran el surgimiento y consolidación de los valores e iniciativas modernizantes.

Ésta fue la opinión imperante durante los años cincuenta y sesenta, y si bien ya hubo desde un comienzo algunos detractores no fue hasta los setenta, cuando la teoría de la dependencia comenzó a tomar fuerza. Y es que, el carácter etnocéntrico y occidentalista de las teorías de la modernización, pero especialmente el que fueran susceptibles a la utilización política interesada le creó fuertes detractores. Igualmente criticaban su insistencia en los aspectos psicosociológicos en los procesos de cambio social, ya que los críticos veían en ello un propósito deliberado de oscurecer la importancia de los aspectos económicos y las responsabilidades históricas precisas en la situación de las sociedades del Tercer Mundo. Para ellos, el desarrollo y el subdesarrollo no son etapas del proceso de la transición hacia la modernidad, si no que son productos simultáneos del proceso de expansión capitalista a escala mundial; se trataría por tanto de una relación histórica que cristalizaría en un centro y una periferia del sistema.

Su enfoque insistía en la necesidad de cortar o reducir los vínculos con el mercado mundial, como condición para enfrentar el subdesarrollo. El mayor grado de autonomía para decidir la estrategia de desarrollo económico debería complementarse con la colaboración con otras economías del Tercer Mundo. Así en el ámbito internacional, se lucharía por detener la caída de los productos básicos, por mitigar el proteccionismo de los países industrializados, reivindicar la soberanía (nacionalizar) sobre la explotación de los recursos naturales, mantener dentro de control la actuación de las corporaciones multinacionales, y fortalecer las iniciativas de cooperación regional.

Ya en un ámbito interno, especialmente en Sudamérica, los gobiernos intentaron aplicar las propuestas reformistas de sustitución de importaciones por la promoción de la industria nacional, así como promoviendo políticas de redistribución de la riqueza interna, para lograr la consolidación de un mercado interno. Los más radicales consideraban que sólo se podría acabar con esta situación, mediante un cambio drástico, producto de la revolución. De ahí que durante todo el periodo se sucedieran movimientos revolucionarios, respondidos por levantamientos de militares (y por las clases privilegiadas locales, de formación occidental).

Acorde con estos postulados, surgen con fuerza, no sólo sentimientos revolucionarios con un sesgo nacionalista (en muchos casos habría que hablar de movimientos revolucionarios nacionalista), sino que también cobrarán fuerza el naciente movimiento indianista, como rechazo a una alienación, y clamando por una Renaixença lingüística y cultural, y en defensa de las tradiciones indígenas. Opuesto al indigenismo integrador, su principal función es apoyar a los pueblos indios en su lucha contra la situación colonial en que se encuentran, e igualmente reivindican el rechazo de la integración en los modelos hegemónicos del capitalismo desarrollista, la lucha por la tierra, la defensa de un desarrollo de tipo comunitario y el derecho a la autodeterminación, la autonomía y la autogestión.

Incluso desde algunos sectores de la Iglesia (no hay que olvidar la importancia de las religiones como instituciones socializadoras, productoras de la esfera simbólica, cohesionantes de la sociedad, etc.), se llevará acabo un cambio del discurso, dando lugar a la llamada "teología de la liberación" [3], si bien no gozará de excesivo respaldo en la curia.

Pero pese a las muy diversas teorías, y a que en los años setenta, el panorama internacional parecía favorable a los países del Tercer Mundo que pedían una reforma de la economía mundial, la evolución de la crisis económica mundial y, posteriormente, el agravamiento de la deuda externa en los países subdesarrollados hizo inviable cualquier reforma. De hecho, los decenios para el desarrollo proclamados por Naciones Unidas (1960-1970 y 1970-1980) fueron un fracaso. En América Latina, los años ochenta se consideran una década completamente perdida para el desarrollo. En la mayoría de países el producto tuvo una caída que anuló el crecimiento de más de 10 años. Si nos remitimos a estos hechos habrá que reinventarse las teorías.

 

 

VALORACIÓN DE LAS TEORÍAS

Concepciones teóricas aparte, es de sobra conocido la existencia de un profundo y progresivo abismo entre el rico Norte y el empobrecido Sur, cuyo origen es más que probable, que se encuentre en el colonialismo. Una separación que se ve acentuada por el endeudamiento y los crecientes intereses que éste genera en la economía de los países más desfavorecidos. Los datos hablan por si mismos:

Así, el 75% de la población mundial está concentrada en Asia, América Latina y África, que solamente cuentan con el 25% de la riqueza de la tierra, el 12% de la producción industrial, el 4% de la investigación científica y cifras más alarmantes aún en lo que se refiere a la calidad de vida. En cambio los países ricos, con la cuarta parte de la población del Mundo, consumen el 70% de la energía mundial, el 75% de los metales, el 85% de la madera, el 60% de los alimentos, etc. Esto quiere decir que si el crecimiento económico de los pueblos del Tercer Mundo se duplicara se necesitarían diez veces más de combustibles fósiles y unas 200 veces más de la cantidad de minerales.

Por lo tanto, todas las teorías que abogan de un modo u otro por equiparar al mundo subdesarrollado al del capitalismo avanzado, están viciadas ya en su misma base, puesto que su consecución supondría una explotación insostenible para el planeta. Estas teorías, por otra parte, carecen de la más mínima visión ecologista y del desarrollo sostenible. Pero si el autodenominado primer mundo tiene un privilegiado nivel de vida en este ecosistema cerrado, es precisamente porque hay países pobres; "nuestro consumismo les consume". Se impone, por tanto, un cambio que afecte al esquema de relaciones tanto en el compromiso personal cotidiano (del Norte), como en las estructuras económicas y políticas nacionales e internacionales.

El problema no está solo en las estructuras internacionales o en las injerencias del capitalismo avanzado occidental, ya que las clases altas y las elites occidentalizadas (capitalismo local) de las zonas subdesarrolladas también contribuyen a ello. Sólo así se puede explicar, el caso extremo de por ejemplo Brasil, que está entra las 10 primeras economías del mundo, y, sin embargo, tiene enormes bolsas de pobreza e indigencia en su interior. Indudablemente, este sería no sólo un problema de dependencia internacional, sino que la lucha de clases también quedaría implicada.

También en nuestra sociedad tenemos graves problemas y algunos de ellos cada vez se ponen peor y sin muchas esperanzas de solución. Por ello, cuando el estado de bienestar hace aguas, y las bolsas de pobreza (cuarto mundo) dentro del mundo industrializado son cada vez más amplias, el ofrecer este modelo social como ideal, no deja de ser una irresponsabilidad. Sabiendo que los recursos son escasos, plantear desde el etnocentrismo occidental que la equivocación radica en los países empobrecidos, y paternalmente intentar equiparlos a nosotros, olvidando la imperfección de nuestro modelo, es un error. Máxime cuando somos conscientes de que los mecanismos que nos llevan a esta situación de inseguridad e injusticia, son en definitiva los mismos que ahogan y oprimen a la mayoría de la población de las excolonias.

De lo afirmado en éste párrafo, y en los anteriores, se puede concluir, que tanto las teorías que restringen los problemas a deficiencias internas (tª de la modernidad), como las que los achacan a situaciones externas (tª de la dependencia), adolecen de un exceso de simplicidad.

El Tercer Mundo no es homogéneo. Si bien la mayoría de los países que lo forman están muy retrasados con respecto a las sociedades occidentales e incluso las de Europa del Este, algunos se han embarcado con un éxito relativo en un proceso de industrialización. Entre ellos se encuentran Brasil, Méjico y Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y Taiwan (los cuatro dragones). De lo que se puede deducir, que la dinámica del desarrollo está sujeta a contingencias históricas, que es preciso estudiar en cada caso, atendiendo a la interacción de los aspectos culturales, organizativos e institucionales, con las consideraciones del tipo de poder y divergencias de intereses presentes. La universalidad tanto de la inexorable lógica economicista de Marx, así como de la lectura convencional de Weber y su determinismo de los valores, arrojan ciertas dudas. Al igual que a cada individuo de la sociedad le rodean unas circunstancias personales, a cada estado miembro de la sociedad internacional habría que considerarlo particularmente, pero siempre desde una perspectiva mucho más amplia de lo que lo solían hacerlo las teorías de la modernización.

Las soluciones drásticas, en forma de revolución, tal como las plantean las teorías de la dependencia, por circunscribirse sólo a su ámbito, fieles en su propósito de romper con las estructuras internacionales injustas, han arrojado unos resultados prácticamente nulos. Este tipo de experiencias, por lo general o fueron aplastadas, o se perpetuaron como endémica guerra de guerrillas sin objetivos claros, e incapaces de llegar al poder. En aquellos casos contados en que lo lograron, la experiencia revolucionaria se frustró por razones muy diversas, entre las que no faltaron los propio errores, y por supuesto -y muy especialmente- la hostilidad externa.

Aquellos que usan a Weber como bandera, pecan de un exacerbado etnocentrismo cultural, ya que ponen como paradigma al mundo occidental, despreciando la riqueza de la cultura e idiosincrasia autóctona. Realmente, promover la alienación y pérdida de las tradiciones más arraigadas, a cambio de lo que de hecho no será más que una burda clonación (ya que no será reproducida ni en su totalidad, ni de manera generalizada) de un modo de vida ajeno y la creación de unas necesidades superfluas, es un coste excesivamente alto. Los modos usados para intentar difundir esos modos de vida, esa racionalidad, no se limitan exclusivamente a los programas educativos y la difusión de información a través de los medios de comunicación de masas, sino que en aras de acelerar el proceso, igualmente se crearon infraestructuras industriales y de transportes, y se favoreció el proceso de urbanización. Indudablemente son muchos los que emprenden estas tareas con buena voluntad, pero también es cierto, que especialmente estas últimas medidas son susceptibles de ser utilizadas de una forma interesada. Así, la creación y mejora de determinadas vías de transporte, es en muchos caso de mayor utilidad para los intereses económicos y comerciales del país desarrollado financiador que para el receptor.

Este tipo de procedimientos muchas veces sólo es posible gracias a la corrupción de los funcionarios. Y es que, la racionalidad burocrática, que supuestamente debería ser de gran utilidad, crea una clase burocrática desconectada de la población, y que es un pesado lastre para las arcas públicas.

Parodiando a Parson, los resultados de las actuales medidas para lograr el desarrollo del subdesarrollo, más que un cambio social se limitan a un cambio de desequilibrio, puesto que no afectan a la estructura de la organización social, y contribuyen más bien a restablecer incesantemente el desequilibrio del sistema. Se trata en definitiva, de un problema de difícil solución, pero que indudablemente requiere un cambio de la mentalidad etnocentrista occidental, ya que con excesiva facilidad olvidamos cierta frase dicha en una época y contexto diferente, pero que es perfectamente aplicable:

  

-"¿Qué es el tercero?"

-"Todo."

P. J. Sieyès

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Giddens, Anthony: Cambio social en el Mundo Moderno. En Sociología, parte V. Alianza Universidad Textos. Madrid, 1996

Martínez Roca: Ensayos de sociología contemporánea. Barcelona, 1973.

Muñoz López, Blanca: Replanteamiento del concepto de "dependencia". En La dimensión global de la solidaridad. Gobierno Vasco. Vitoria-Gasteiz, 1995

Rocher, Guy: Introducción a la sociología general. Ed. Herder. Barcelona, 1989

Weber, Max: Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica. México, 1977.

Weber, Max: La ética protestante y el espíritu capitalista. Ed. Península. Barcelona, 1992.

Yabar, A.: Cambio social y desarrollo económico. Universidad de Deusto. Bilbao, 1986

 

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[1] Definición de Guy Rocher según Fernand Dumont, notes sur l’analyse des idéologies, en "Recherches sociographiques", vol. IV (1963), nº2, p. 155-165, e Idéologie et savoir historique, "Cahiers internationaux de sociologie", vol. XXXV, julio-diciembre 1963, p. 43-60.

[2] De hecho, se tiende a olvidar, que el mismo Weber llegó a escribir: "Nuestra intención no es tampoco sustituir una concepción unilateralmente materialista de la cultura y de la historia por una concepción contraria de unilateral causalismo espiritualista. Materialismo y espiritualismo son igualmente posibles pero como trabajo preliminar; si, por el contrario, pretenden constituir el término de investigación, ambas son igualmente inadecuadas para servir la verdad histórica". En la ética protestante y el espíritu capitalista, Barcelona, Ed. Península, 1992, pág. 261.

[3] Reflexión teológica nacida del compromiso de los cristianos en la lucha contra la opresión en la América Latina. De raíces europeas es ante todo una hermenéutica. Se trata de hacer teología desde la praxis liberadora de los pobres y oprimidos, que constituye un auténtico «lugar teológico», donde se percibe lo imperceptible desde otros puntos de vista. Ante la situación de miseria y de injusticia de la América Latina, la Iglesia tendría que ser la «Iglesia de los pobres».

 

 

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