Ana Isabel Rodríguez Abad

Noviembre-Enero 2000-2001

Galería Príamo

Madrid

 

 

Toda obra, que no sea de mera ingeniería, que sea un fin en sí misma, tiene dos caras. El haz de su creación y envés de su recepción. Un impulso y una interpretación, una referencia y un significado. En el arte, en la medida en que, como señalara Goodman, maneja unos códigos personales, densos, esta dualidad ha sido una constante. Por eso esa tendencia a interpretar la personalidad, el impulso creador, la intención, que queda detrás de toda obra. Sin embargo esto pertenece a un ámbito íntimo, inaccesible, opaco. A diferencia del lenguaje, con su capacidad ilocutiva, el arte esconde las creencias y las intenciones del creador. Sin embargo, el artista muestra un estilo. ¿Y qué es un estilo? Probablemente una articulación de lo íntimo que utiliza un lenguaje para su construcción. El estilo es precisamente esa construcción de lo íntimo, de lo privado. Pero no tiene porqué permanecer ahí, al contrario también es un estilo el resultado de un esfuerzo por el conocimiento de lo externo, de lo que rodea y preocupa a cualquier ser humano. También, a diferencia del uso del lenguaje, el arte no impone una secuencia racional o lógica a lo representado. No precisa de sintaxis. No se apresura por hacerse entender. Con todo, crea y conforma la realidad.

El Arte ha sido históricamente utilizado de diversas maneras y ha producido múltiples realidades. No sabemos qué aspecto tendría Felipe IV a no ser por los retratos de Velázquez. No es escrutable lo que pensaba Velázquez cuando sobrevivía como pintor de corte. Pero imaginamos que Felipe IV ostentaba su poder mediante la pintura que sufragaba. Picasso lo comprendió bien y sabía que la historia recordaría más sus retratos que las caras de sus modelos por los que fluía el tiempo sin descanso, transformando y alterando una supuesta realidad independiente.

El impulso creador de Ana Isabel Rodríguez Abad, quedará oculto, a lo sumo expresado en un ámbito de lo privado, quizá de lo íntimo, pero su obra muestra el estilo y la realidad conformada por él.

El lenguaje de Ana Abad, a pesar de las referencias explícitas que pueden apreciarse en la obra expuesta (Ryman y el minimalismo), se genera desde la base de lo pictórico: la línea y el punto.

Una línea que se compone en plano y un plano que se rellena de color y de textura. Y un plano que se superpone a otro, y una textura que resalta de otra. El punto se convierte en el elemento expresivo que quiere llamar nuestra atención y centrar nuestra mirada. Y el punto se transforma en mancha, y la mancha se convierte en fondo, a veces sutil, a veces descarado.

Y este mínimo lenguaje destaca encuadres creadores y esclarecedores, que quieren transmitir un conocimiento, una investigación que se esfuerza por comprender el mundo, por poner sentido, por ordenar y disponer una realidad sometida al cambio y al azar.

Hay en esta exposición un enriquecimiento expresivo de esas bases minimales que son el centro del trabajo plástico de Ana Abad. La línea adopta caracteres alfabéticos, y los planos conforman poemas, que delatan un impulso creador específico, aunque, a la postre, se integran en las obras en el hermetismo propio de la transfiguración de un código en otro.

Los planos pierden claridad y se vuelven ora orgánicos, ora agredidos por gestos.

Los gestos siempre son el escenario del estilo, su puesta en escena. Un gesto delata también, y expresa la emoción de un momento, o, tal vez, de una temporada. Algo así debe ocurrir en las obras tituladas Noviembre, y en la tetralogía de los Oscuros.

Porque, cuando la figuración se perdió en el arte moderno, los títulos -elemento extratextual- transferían la referencia que toda representación contiene. "Siempre Igual" aparece garabateado en 'Siempre Igual'. ¿Qué habría vuelto a pasar? ¿Qué repetición muestra esa composición? O ¿Cortez qué nombre ilustrará? Y ¿Cuáles serán esas cicatrices tan blancas?

No hay contenido más allá de la imagen que ya existe, que ya viene a sumarse a las realidades del mundo, que son mundo. El Arte como toda expresión humana tiene esa característica, incrementa la realidad y asienta un territorio en donde habitar.

Este es el territorio de Ana Abad, un mundo de imágenes que modelan la memoria y que transportan una vida.

Para nosotros los espectadores, la ocasión de imaginar con qué recuerdo, con que vivencia, con que emoción podemos asociar cada imagen de este mundo que acabamos de recorrer.

Carlos Muñoz Gutiérrez

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