AJEDREZ
I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en
su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(Ia sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama
empieza
de polvo y tiempo y sueño
y agonías? |
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NEW
ENGLAND, 1967
Han cambiado las formas de mi sueño;
ahora son laterales casas rojas
y el delicado bronce de las hojas
y el casto invierno y el piadoso leño.
Como en el día séptimo, la tierra
es buena. En los crepúsculos persiste
algo que casi no es, osado y triste;
un antiguo rumor de Biblia y guerra.
Pronto (nos dicen) llegará la nieve
y América me espera en cada esquina,
pero siento en la tarde que declina
el hoy tan lento y el ayer tan breve.
Buenos Aires, yo sigo caminando
por tus esquinas, sin por qué ni cuando.
Cambridge, 1967.
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| HERACLITO
El segundo crepúsculo.
La noche que se ahonda en el sueño.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo
La mañana que ha sido el alba.
El día que fue la mañana.
El día numeroso que será la tarde gastada.
El segundo crepúsculo.
Ese otro hábito del tiempo la noche.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo...
El alba sigilosa y en el alba
la zozobra del griego.
¿Qué trama es esta
del será, del es y del fue?
¿Qué río es éste
por el cual corre el Ganges?
¿Qué río es éste cuya fuente
es inconcebible?
¿Qué río es éste
que arrastra mitologías y espadas?
Es inútil que duerma.
Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano.
El río me arrebata y soy ese río.
De una materia deleznable fuí hecho, de [misterioso
tiempo.
Acaso el manantial está en mí.
Acaso de mi sombra
surgen, fatales e ilusorios, los días. |
A UN POETA SAJÓN
Tú cuya carne que hoy es polvo y planeta
pesó como la nuestra sobre la tierra,
tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella,
tú que viviste no en el rígido ayer
sino en el incesante presente,
en el último punto y ápice vertiginoso
del tiempo,
tú que en tu monasterio fuiste llamado
por la antigua voz de la épica,
tú que tejiste las palabras,
tú que cantaste la Victoria de Brunnanburh
y no la atribuiste al Señor
sino a la espada de tu rey,
tú que con júbilo feroz cantaste las espadas
de hierro,
la verguenza del viking,
el festín del cuervo y del águila,
tú que en la oda militar congregaste
las rituales metáforas
de la estirpe,
tú que en un tiempo sin historia
viste en el ahora el ayer
y en el sudor y sangre de Brunanburh
un cristal de antiguas auroras,
tú que tanto querías a tu Inglaterra
y no la nombraste,
hoy no eres otra cosa que unas palabras
que los germanistas anotan.
Hoy no eres otra cosa que mi voz
cuando revive tus palabras de hierro.
Pido a mis dioses o a la suma
del tiempo
que mis días merezcan el olvido,
que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,
pero que algun verso perdure
en la noche propicia a la memoria
o en las mañanas de los hombres.
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LIMITES
De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que
he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido
a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los
sueños
y las formas
que destejen y tejen esta vida.
Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién,
en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?
Tras el cristal ya gris la noche cesa.
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.
Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.
Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda
en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.
Hay, entre todas tus memorias,
una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.
No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante
la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.
¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.
Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son lo que me ha querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges
ya
me dejan.
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LAS COSAS
El
bastón, las monedas, el llavero,
La dócil
cerradura, las tardías
Notas
que no leerán los pocos días
Que
me quedan, los naipes y el tablero,
Un libro
y en sus páginas la ajada
Violeta,
monumento de una tarde
Sin
duda inolvidable y ya olvidada,
El rojo
espejo
occidental en que arde
Una
ilusoria aurora. ¡Cúantas cosas,
Limas,
umbrales, atlas, copas, clavos,
Nos
sirven como tácitos esclavos,
Ciegas
y extrañamente sigilosas
Durarán
más allá de nuestro olvido;
No sabrán
nunca que nos hemos ido.
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EVERNESS
Sólo una cosa no hay.
Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva
la escoria
y cifra en Su profética
memoria
las lunas que serán y
las que han sido.
Ya todo está. Los miles
de reflejos
que entre los dos crepúsculos
del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando
todavía.
Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierran a tu
paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos
y Esplendores.
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SPINOZA
Las
traslúcidas manos del judío
labran
en la penumbra los cristales
y la
tarde que muere es miedo y frío.
(Las
tardes a las tardes son iguales.)
Las
manos y el espacio de jacinto
que
palidece en el confín del Ghetto
Casi
no existen para el hombre quieto
que
está soñando un claro laberinto.
No lo
turba la fama, ese reflejo
de sueños
en el sueño de otro espejo,
ni el
temeroso amor de las doncellas.
Libre
de la metáfora y del mito
labra
un arduo cristal: el infinito
mapa
de Aquél que es todas Sus estrellas.
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