Jorge Luis Borges (1899-1986)
Ciberantología en su centenario



El 24 de Agosto se cumplían 100 años del nacimiento de Borges. Para quien creía que el olvido no existe, esta antología hipertextual no trata de desentrañar nada, no da claves de lectura, sólo deja que el azar aflore entre sus líneas, semejante al azar que toda memoria contiene. Sea éste un homenaje.
A lo largo de los poemas incluidos en esta ciberantología hay un conjunto de enlaces y destino que permitirán realizar lecturas distintas de sus versos. A quien disguste este abuso tecnológico, no le privamos de la lógica de la secuencia.
Carlos Muñoz Gutiérrez
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El Indostan atribuye sus grandes libros a la labor de comunidades, a personajes de los mismos libros, a dioses, a héroes o, simplemente, al Tiempo. Tales atribuciones son, por supuesto, meras evasiones o juegos; no así la última.

Nadie puede compilar una antología que sea mucho más que un museo de sus "simpatías y diferencias" , pero el Tiempo acaba por editar antologías admirables. Lo que un hombre no puede hacer, las generaciones lo hacen. Los infolios de Calderón dejan de abrumarnos y perduran los límpidos tercetos del Anónimo Sevillano; nueve o diez páginas de Coleridge borran la gloriosa obra de Byron (y el resto de la obra de Coleridge). No hay antología cronológica que no empiece bien y no acabe mal; el Tiempo ha compilado el principio y el doctor Menéndez y Pelayo el fin.

En breve la cifra de mis años será setenta....

Sospecho que un autor debe intervenir lo menos posible en la elaboración de su obra. Debe tratar de ser un amanuense del Espiritu o de la Musa (ambas palabras son sinónimas), no de sus opiniones, que son lo más superficial que hay en él. Así lo entendió Rudyard Kipling, el más ilustre de los escritores comprometidos. A un escritor -nos dijo- le está dado inventar una fábula, pero no la moralidad de esa fábula.

Ojalá las páginas que he elegido prosigan su intrincado destino en la conciencia del lector. Mis temas habituales están en ellas: la perplejidad metafisica, los muertos que perduran en mi, la germanística, el lenguaje, la patria, la paradójica suerte de los poetas
J. L. B.
Buenos Aires, 1967.

 
 
 
 
AJEDREZ


I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(Ia sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

           NEW ENGLAND, 1967

Han cambiado las formas de mi sueño;
ahora son laterales casas rojas
y el delicado bronce de las hojas
y el casto invierno y el piadoso leño.
Como en el día séptimo, la tierra
es buena. En los crepúsculos persiste
algo que casi no es, osado y triste;
un antiguo rumor de Biblia y guerra.
Pronto (nos dicen) llegará la nieve
y América me espera en cada esquina,
pero siento en la tarde que declina
el hoy tan lento y el ayer tan breve.
Buenos Aires, yo sigo caminando
por tus esquinas, sin por qué ni cuando.

Cambridge, 1967.
 

HERACLITO

El segundo crepúsculo.
La noche que se ahonda en el sueño.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo
La mañana que ha sido el alba.
El día que fue la mañana.
El día numeroso que será la tarde gastada.
El segundo crepúsculo.
Ese otro hábito del tiempo  la noche.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo...
El alba sigilosa y en el alba
la zozobra del griego.
¿Qué trama es esta
del será, del es y del fue?
¿Qué río es éste
por el cual corre el Ganges?
¿Qué río es éste cuya fuente es inconcebible?
¿Qué río es éste
que arrastra mitologías y espadas?
Es inútil que duerma.
Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano.
El río me arrebata y soy ese río.
De una materia deleznable fuí hecho, de [misterioso tiempo.
Acaso el manantial está en mí.
Acaso de mi sombra
surgen, fatales e ilusorios, los días.


       A UN POETA SAJÓN

Tú cuya carne que hoy es polvo y planeta
pesó como la nuestra sobre la tierra,
tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella,
tú que viviste no en el rígido ayer
sino en el incesante presente,
en el último punto y ápice vertiginoso del tiempo,
tú que en tu monasterio fuiste llamado
por la antigua voz de la épica,
tú que tejiste las palabras,
tú que cantaste la Victoria de Brunnanburh
y no la atribuiste al Señor
sino a la espada de tu rey,
tú que con júbilo feroz cantaste las espadas de hierro,
la verguenza del viking,
el festín del cuervo y del águila,
tú que en la oda militar congregaste
las rituales metáforas de la estirpe,
tú que en un tiempo sin historia
viste en el ahora el ayer
y en el sudor y sangre de Brunanburh
un cristal de antiguas auroras,
tú que tanto querías a tu Inglaterra
y no la nombraste,
hoy no eres otra cosa que unas palabras
que los germanistas anotan.
Hoy no eres otra cosa que mi voz
cuando revive tus palabras de hierro.
Pido a mis dioses o a la suma del tiempo
que mis días merezcan el olvido,
que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,
pero que algun verso perdure
en la noche propicia a la memoria
o en las mañanas de los hombres.
 

         LIMITES
 

 De estas calles que ahondan el poniente,
 una habrá (no sé cuál) que he recorrido
 ya por última vez, indiferente
 y sin adivinarlo, sometido

 a quien prefija omnipotentes normas
 y una secreta y rígida medida
 a las sombras, los sueños y las formas
 que destejen y tejen esta vida.

 Si para todo hay término y hay tasa
 y última vez y nunca más y olvido
 ¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
 sin saberlo, nos hemos despedido?

 Tras el cristal ya gris la noche cesa.
 y del alto de libros que una trunca
 sombra dilata por la vaga mesa,
 alguno habrá que no leeremos nunca.
 Hay en el Sur más de un portón gastado
 con sus jarrones de mampostería
 y tunas, que a mi paso está vedado
 como si fuera una litografía.

 Para siempre cerraste alguna puerta
 y hay un espejo que te aguarda en vano;
 la encrucijada te parece abierta
 y la vigila, cuadrifronte, Jano.

 Hay, entre todas tus memorias, una
 que se ha perdido irreparablemente;
 no te verán bajar a aquella fuente
 ni el blanco sol ni la amarilla luna.

 No volverá tu voz a lo que el persa
 dijo en su lengua de aves y de rosas,
 cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
 quieras decir inolvidables cosas.

 ¿Y el incesante Ródano y el lago,
 todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
 Tan perdido estará como Cartago
 que con fuego y con sal borró el latino.

  Creo en el alba oír un atareado
  rumor de multitudes que se alejan;
  son lo que me ha querido y olvidado;
  espacio y tiempo y Borges ya me dejan.
 

 LAS COSAS


         El bastón, las monedas, el llavero,
         La dócil cerradura, las tardías
         Notas que no leerán los pocos días
         Que me quedan, los naipes y el tablero,
         Un libro y en sus páginas la ajada
         Violeta, monumento de una tarde
         Sin duda inolvidable y ya olvidada,
         El rojo espejo occidental en que arde
         Una ilusoria aurora. ¡Cúantas cosas,
         Limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
         Nos sirven como tácitos esclavos,
         Ciegas y extrañamente sigilosas
         Durarán más allá de nuestro olvido;
         No sabrán nunca que nos hemos ido.

                                          EVERNESS


Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
     Dios, que salva el metal, salva la escoria
     y cifra en Su profética memoria
     las lunas que serán y las que han sido.
     Ya todo está. Los miles de reflejos
     que entre los dos crepúsculos del día
     tu rostro fue dejando en los espejos
     y los que irá dejando todavía.
     Y todo es una parte del diverso
     cristal de esa memoria, el universo;
     no tienen fin sus arduos corredores
     y las puertas se cierran a tu paso;
     sólo del otro lado del ocaso
     verás los Arquetipos y Esplendores.
 

                                          SPINOZA


         Las traslúcidas manos del judío
         labran en la penumbra los cristales
         y la tarde que muere es miedo y frío.
         (Las tardes a las tardes son iguales.)
         Las manos y el espacio de jacinto
         que palidece en el confín del Ghetto
         Casi no existen para el hombre quieto
         que está soñando un claro laberinto.
         No lo turba la fama, ese reflejo
         de sueños en el sueño de otro espejo,
         ni el temeroso amor de las doncellas.
         Libre de la metáfora y del mito
         labra un arduo cristal: el infinito
         mapa de Aquél que es todas Sus estrellas.
 

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