Detalle del cuadro de Salvator Rosa (1615-1673), "Astrea abandona a los pastores". Museo de Historia del Arte de Viena
 

El mito de las edades se formula en la Antigüedad como afirmación pesimista e indiscutible sobre el deterioro paulatino de las generaciones humanas; se trata de un canto al “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Hay, por eso, una añoranza de aquel primer estadio en que Astrea (1) se paseaba por el mundo entre los hombres.

Sobre la primera edad, la de oro, se proyecta el deseo común de los hombres de volver a gozar del paraíso perdido. Todo lo bueno (2) lo había en la edad de oro: ausencia de propiedad, ausencia de trabajo, ausencia de miedo, ausencia de necesidad, ausencia de vejez y dulce muerte. Consecuente consigo, la férrea edad que la evoca, la era de Zeus o Júpiter, es justamente lo contrario: omnipresencia del dolor. Así que, aunque en el juego temporal, la edad de oro se desplace a los primeros pasos de las generaciones humanas, su poder de evocación es verdaderamente atemporal. Con el mito de la edad de oro se denuncia en sustancia el mal de la propiedad, el trabajo, la enfermedad y la muerte. Es pues un nostálgico reconocimiento, que no resignación.

En el pasaje de las Geórgicas seleccionado, los males de la edad de hierro se insinúan también como estímulo para el desarrollo de las artes. Se sugiere que la necesidad aguza la inteligencia, es su acicate. Labor y egestas (trabajo y carencia o necesidad) han ganado la batalla contra la adversidad, pero esto no hay que entenderlo como una bendición de la edad de hierro. Ya en las Bucólicas había cantado Virgilio las bondades de la edad de oro, cuando anticipaba y saludaba con esperanza el advenimiento de una nueva edad (3).

Notas
1. Hija de Zeus y Temis (la Justicia), difundió entre los hombres los sentimientos de justicia y virtud (Diccionario de mitología griega y romana de Pierre Grimal). Se identifica con la constelación de Virgo.
2. Entiéndase “bueno” en un sentido que nada tiene que ver con los dictámenes de la moral al uso, que, vocera del discurso del poder, por lo común bendice el trabajo, difunde el miedo y promueve la muerte.
3. Nos referimos a la Égloga IV, poema que gozó de gran aceptación y difusión con el Cristianismo por entenderse que su contenido era mesiánico. En ella se anuncia el nacimiento de un niño con el que habrá de iniciarse una nueva era. Cf. versos 8-10: Tu modo nascenti puero (quo ferrea primum / desinet ac toto surget gens aurea mundo), / casta fave Lucina. Y la traducción: “Tú, casta Lucina, asiste al niño a punto de nacer (con quien primero acabará generación férrea para surgir áurea en el mundo entero”).